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Verano: un momento para practicar habilidades para la vida

19 de junio de 2026 por
Verano: un momento para practicar habilidades para la vida
Abigail Hatto

A medida que se acerca el final de otro curso escolar, muchas familias esperan con ilusión un ritmo más tranquilo, vacaciones y más tiempo juntos. Aunque el verano es sin duda una época de descanso, diversión y creación de recuerdos, también es una oportunidad maravillosa para que los niños sigan desarrollando habilidades importantes para la vida.

Durante el curso escolar, los niños pasan gran parte de su tiempo siguiendo rutinas y expectativas establecidas. El verano suele traer nuevos entornos, horarios diferentes, viajes en familia, visitas al parque, restaurantes, aeropuertos, playas y reuniones con amigos y familiares.

Estas experiencias cotidianas crean innumerables oportunidades para que los niños practiquen habilidades como escuchar, seguir instrucciones, mantenerse seguros, esperar con paciencia, gestionar la decepción, mostrar responsabilidad y resolver problemas de forma independiente.

Como padres, puede resultar tentador centrarse en corregir el comportamiento no deseado cuando surgen dificultades. Sin embargo, parte del aprendizaje más valioso ocurre antes de que se produzcan esos momentos difíciles.

Imaginemos esta situación.

Un padre recibe una llamada de su pareja durante el día. Su hijo pequeño se ha alejado corriendo de un adulto en el parque. Afortunadamente, no ha pasado nada grave, pero todos coinciden en que alejarse corriendo supone un riesgo importante para la seguridad.

Esa noche, el padre habla con calma con el niño sobre lo ocurrido. Le explica por qué es importante mantenerse cerca de un adulto y establece una consecuencia clara en caso de que vuelva a ocurrir. Más tarde, mientras caminan juntos, el niño intenta alejarse corriendo de nuevo. El padre interviene de inmediato, aplica la consecuencia y mantiene la interacción calmada y objetiva.

El niño se disgusta. Hay lágrimas, frustración y promesas de que no volverá a ocurrir. Como muchos padres, el adulto se pregunta si está siendo demasiado estricto. Sin embargo, se mantiene firme porque la seguridad no es negociable.

Al día siguiente, ocurre algo importante.

Antes de salir de casa, el padre repasa la expectativa: “Cuando salimos, te quedas cerca de mí”. Practican juntos. Hablan sobre cómo se ve mantenerse seguro. Durante la salida, el niño permanece cerca, y el padre reconoce y valora este logro.

En las semanas siguientes, el comportamiento mejora de forma notable.

¿Qué marcó la diferencia?

Muchos de nosotros asumimos que las consecuencias son las que cambian el comportamiento. Sin embargo, las consecuencias por sí solas rara vez enseñan a un niño qué hacer. Simplemente comunican qué no hacer.

Los niños aprenden mejor cuando enseñamos activamente el comportamiento que queremos ver. Esto significa: explicar claramente las expectativas antes de que surjan los problemas; practicar habilidades importantes cuando los niños están tranquilos y dispuestos a aprender; reforzar de manera constante las decisiones positivas; y actuar con calma y previsibilidad cuando se traspasan los límites.

Cuando los adultos se centran únicamente en reaccionar ante los errores, puede parecer que estamos constantemente apagando incendios. Sin embargo, cuando invertimos tiempo en enseñar y practicar las expectativas de antemano, los niños tienen muchas más probabilidades de tener éxito.

Este principio se aplica no solo a la seguridad, sino también a situaciones cotidianas en casa y en la escuela: caminar con respeto por los pasillos, respetar los turnos de palabra, resolver conflictos de forma pacífica, cumplir con las responsabilidades y mostrar amabilidad hacia los demás.

Como educadores y padres, nuestro papel no consiste simplemente en corregir el comportamiento cuando las cosas van mal. Nuestro papel es enseñar. Enseñar requiere tiempo, repetición, paciencia y oportunidades para practicar.

Este verano, considera elegir una o dos habilidades que te gustaría que tu hijo reforzara. Tal vez sea saludar a los demás con cortesía, ayudar con las responsabilidades del hogar, mantenerse cerca en lugares públicos, gestionar la frustración de forma adecuada o seguir las instrucciones a la primera. Habla sobre la expectativa, sé un modelo, practícala juntos y reconoce los esfuerzos de tu hijo cuando lo consiga.

A veces esto implica mantener límites firmes, incluso cuando los niños no están contentos con ellos. Los niños no necesitan adultos que teman decepcionarlos; necesitan adultos dispuestos a guiarlos. Aunque las relaciones cálidas y de confianza son esenciales, nuestra responsabilidad principal no es ser amigos de nuestros hijos. Es ser sus padres y sus maestros.

Deseamos a todas nuestras familias un verano feliz y de descanso, lleno de recuerdos maravillosos y oportunidades significativas de crecimiento.